La Violencia en Cuba: un flagelo social institucionalizado

 

represión 1

 

La burguesía ha producido sus propios sepultureros; esos trabajadores que ya no tienen nada que perder, sólo sus propias cadenas… Es necesario empuñar las armas, ya que la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que deben empuñarlas: los obreros modernos, los proletarios… Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente.   Karl Marx (El Manifiesto Comunista)

 

A la memoria de todas aquellas víctimas del odio y la violencia en cualquiera de sus manifestaciones

Antes y después del 1ro de enero de 1959

 

Por el pastor evangélico y Doctor en medicina Carlos Raúl Macías López

 

Me encantaría publicar este artículo, como todos los demás que he escrito, y no porque me crea un buen cronista ni mucho menos, en la portada del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, y ver las caras de los lectores de la oficialidad. Pero lamentablemente los que controlan  este país, muy a pesar mío, no están preparados para la confrontación de ideas. No obstante, vislumbro que se acerca cada vez el día en que sin lugar a dudas esto ocurrirá con total libertad. Cuba lo necesita.

Deseo comenzar explicando un fenómeno que es altamente crítico, sensible, complejo, penosamente vigente, pero a la vez perfectamente solucionable. Es lo que yo llamo el “Fundamento de la Violencia Autorizada en Cuba”. Para esto, una vez más me remito a nuestra actual Constitución en sus artículos 3 y 5, respectivamente: “todos los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución” “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista- leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

En el orden teórico y práctico no es posible separar el carácter violento del marxismo, según las propias palabras de Marx, del quehacer del Partido Comunista de Cuba, en su ingente propósito de “organizar y orientar los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. Ésta autotitulada “vanguardia organizada de la nación cubana”, (que no sobrepasa el 8% de la población), encuentra su principal paradigma e inspiración precisamente en las ideas de Karl Marx. Es por esto que al definirse a sí misma como marxista- leninista, lo que en realidad está diciendo, pero de una manera más concreta y menos poética es: violenta desde sus entrañas.

“El derecho de combatir por todos los medios”, según está previsto en la Constitución, de alguna manera abre la puerta, cual caja de pandora, a la imaginación de los siempre bien dispuestos y preparados censores del régimen para hacer su trabajo con macabra eficacia. En la zona de strike se encuentra “cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido”.

De manera que la única regla para reprimir violentamente en Cuba es que no hay ninguna regla. Todo se deja a la discreción de las autoridades. Este ideologizado y cuestionable artículo le ata las manos a los críticos del sistema y se las desata convenientemente a los representantes del estado, al  brindarle toda suerte de posibilidades, recursos e impunidades, en el innoble propósito de defender lo indefendible. Desigual correlación de fuerzas. Es lo que en el argot popular se conoce como “una pelea de león pa´ mono, pero con el mono amarrao”.

Como podemos comprender, la violencia en Cuba no es un fenómeno puramente sociológico, expresión directa de la idiosincrasia del cubano/criollo/macho, a manera de ADN isleño, mezcla de la estirpe española y africana, pero en un sólo individuo, como algunos etnólogos, sociólogos o incluso hasta “cuentólogos” han tratado de argumentar. No es tampoco el resultado exclusivo del desencanto popular, producto de las evidentes y cada vez más escasas propuestas de proyectos personales de vida, la deteriorada educación formal, el analfabetismo, los males del sistema capitalista, las desigualdades sociales, la pobreza extrema, o la pérdida de los valores morales y éticos más elementales, como tardíamente hace poco reconoció Raúl Castro en un discurso con tintes de queja. No. La violencia en Cuba, y duele sólo de escribirlo,  encuentra sus más profundas raíces y justificaciones en la institucionalidad “inconstitucional” de la propia Constitución (redundancia intencional).

Un análisis a vuelo de pájaro de la historia, tanto nacional como foránea, revela que la violencia casi nunca ha podido resolver los problemas humanos, al menos desde su génesis, sino que por el contrario, los ha incrementado, generando resentimiento, distanciamiento,  miedo, destrucción y más odio. Por otra parte, la experiencia confirma que para conseguir la paz es mucho más eficaz la voluntad de entendimiento que la lucha armada. La mejor revolución para cambiar los tiempos actuales es siempre la del corazón y la razón. Creo que argumentar es mejor que disparar, debatir mejor que derribar, dialogar mejor que aniquilar.

¿Acaso no existen suficientes ejemplos en la historia de los pueblos, donde la lucha pacífica por la justicia social y por la verdad promovida por las personas de buena voluntad, han transformado radicalmente las épocas y las realidades? ¿Qué del legado de  Mahatma Gandhi o Martin Luther King?

La actual oposición política en Cuba, al margen de que sea reconocida o no por el gobierno, y a pesar de estar constituida por un amplio abanico plural, tiene un sello distintivo: es pacífica.  ¿Dónde quedan entonces justificados los golpes, patadas, gritos, bastonazos, atropellos, empujones, perros entrenados, novedosas técnicas de inmovilización, sprays, amenazas, expulsiones e improperios, que con profesionalidad revolucionaria emplean los “defensores del socialismo”, que en verdad no son más que engendros y voceros de la intolerancia?

En Cuba la violencia está institucionalizada. Qué penoso y trágico para la conciencia nacional. Un ejemplo de esto lo constituye uno de los tantos proyectos para intentar frenar lo irrefrenable: las Brigadas de Acción Rápida. Es decir, personal altamente entrenado para reprimir discrecional y violentamente, por medio del arte de dar patadas y piñazos, pero enmascarados bajo el matiz de simples ciudadanos cubanos que están defendiendo la Revolución, contra todos aquellos que pacíficamente levanten su voz para disentir o criticar al sacrosanto y eterno gobierno, o al actual modelo político y económico.

Por si quedaran dudas del matiz violento promovido por el aparato gubernamental, les invito a que escudriñen concienzudamente el logotipo de la organización de masas más grande del país, los Comités de Defensa de la Revolución, (CDR según su sigla en español) y se darán cuenta de cuán amenazante resulta. Se trata de ¿un hombre?, con el rostro cubierto por un vetusto sombrero, casualmente con el brazo derecho levantado, y sosteniendo ni más ni menos que un machete, peligroso instrumento cortante, empleado lo mismo como arma de guerra, por nuestros aguerridos mambises en las luchas por la independencia, que por el más vulgar delincuente como arma blanca, en una reyerta callejera, sin olvidar a los otrora sacrificados y diezmados cortadores de caña. El impacto visual es sugerente, y como dijo alguien acertadamente, una imagen dice más que mil palabras. Sin comentarios.

Como cristiano cubano considero que tengo el deber y el derecho de oponerme a un gobierno que no me representa, entre otras razones porque no he tenido ni el gusto ni la oportunidad de escogerlo legítimamente, sin contar que sus propuestas no están a la altura de los sueños, necesidades y tiempos que estamos viviendo; pero nunca bajo ningún concepto mediante el uso de las armas, el terrorismo, la ofensa personal, la desacreditación, o cualquier otra estrategia semejante, sino simplemente por medio del voto a través de las elecciones, el diálogo, la negociación y la incidencia política, la manifestación pública, el consenso, la honestidad cívica y, si fuera estrictamente necesario, la resistencia pacífica.

Pero es innegociable para mí que tal oposición tenga esta imprescindible divisa: que respete la dignidad de mi prójimo. De aquel que aun procurando mi mal, y apelando incluso al innecesario cúmulo de métodos previstos y no claramente definidos en el citado artículo 3 de la Constitución (“por todos los medios, incluyendo la lucha armada”), considero es mi prójimo, por haber sido creado a la imagen y semejanza de Dios, y por ser tan cubano como yo.

En tal sentido, interpreto que la Biblia no autoriza la “violencia revolucionaria” para lograr la paz social o la libertad de los pueblos, pues hacer esto es intentar hablar donde Dios calla. Esto lo digo tácitamente: Jesús no fue un revolucionario o caudillo violento que buscó mejorar el mundo a toda costa, aunque fuera por medio de la agresión, la venganza, o la crueldad, bajo la pragmática premisa de que el fin justifica los medios. Para justificar el derramamiento de sangre contraria e inocente, sea del bando que sea, es menester arrancarle al Evangelio sus páginas más importantes. ¿Cómo es posible sino, disculpar la “contra–violencia” y condenar sólo la violencia institucionalizada o viceversa? Los principios cristianos más elementales son los del amor al prójimo, al débil y al enfermo, y al que no piensa igual que uno.

Por tanto, nunca estaré del lado de los que golpean, censuran y persiguen, sino del de los golpeados, censurados y perseguidos. De momento, al parecer, la ideología del músculo y la fuerza bruta está de parte de los que ejercen la represión violenta, pero a fin de cuentas, la historia invariablemente termina aliándose con los del bando contrario. Nunca el empleo de la violencia hacia un adversario político podrá ser la estrategia correcta.

Para reconstruir un país en ruinas como el nuestro, se requieren al menos, como primer paso, desde mi punto de vista los siguientes ingredientes: perdonar las faltas pasadas y/o presentes cometidas por todos, respeto por la diversidad de criterios, diálogo franco y abierto a todos los niveles, reivindicar las libertades y derechos individuales, y el cese de la violencia justificada desde la perspectiva de la Constitución.

Renunciemos a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Ésta no es la solución. Aportemos nuestro grano de arena en la reconciliación nacional.

 

 

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Carlos Raul Macias

Carlos Raul Macias

Nací el 19 de diciembre de 1971. Me gradué como doctor en medicina en 1996 y de especialista en primer grado en Medicina General Integral en 2002. Cursé estudios en el Seminario Teológico Metodista, donde me licencié en Sagrada Teología con título de oro en 2014. Soy miembro del Movimiento Somos Más. Actualmente estoy trabajando en la propuesta cívica independiente Por Otro 18. Me desempeño como pastor de una iglesia en Jagüey Grande, provincia de Matanzas. Escribo para diferentes medios independientes, con el propósito de reflejar la realidad de mi país, y hacer propuestas objetivas.
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2 comments on “La Violencia en Cuba: un flagelo social institucionalizado
  1. Los negros en Estados Unidos eran y son una minoría etnica. Sin embargo lucharon armados con el espíritu de paz que les infundió MLK y vencieron a la sinrazón. Nosotros los que pensamos diferente tenemos esa bandera, la de Gandi y Mandela. No hay que cejar en el empeño, los cubanos tenemos derecho a tener una nueva Constitución Martiana y no Marxista. El ultimo excluye, el primero de todos los Cubanos dijo siempre: “Con todos y para el bien de todos”. Así deberá ser la republica que nos demos los cubanos, reflejo en lo político y económico de su gran abanico de colores y culturas.
    Hermanos míos, yo como millones de nuestros compatriotas busque la salida física de la isla, y lo siento. Habría querido acompañarlos en sus marchas y sufrimientos. Pero yo amo a mi país y eso está en mi sangre, y desde cualquier lugar que este haré lo que pueda por apoyarles.

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