Sé exactamente cómo se siente…

 

huracan-baracoa

 

Viendo las imágenes de Baracoa se me erizaba la piel. Por cosas de la vida, me ha tocado estar en las trayectorias de tres ciclones distintos. Dos de ellos pasaron justamente por Puerto Padre, de manera que pudimos ser testigos del fenómeno de “la calma”, que en apariencia impera cuando estás justo en el centro del huracán.

El primero de ellos si mal no recuerdo se llamaba “Georges” allá por el 98, mi familia entera se resguardó en casa del esposo de mi tía, una de las pocas que eran de mampostería y techo de “placa” en El Yarey. Desde aquel portal que da al pequeño parque que funge como centro del pueblo, vimos el proceso completo de cómo el viento con su insistencia desprendía primero unas cuantas tejas de los techos y después, como en la embestida de una bestia salvaje, los arrancaba por completo, dejando las casas desnudas y a merced de la lluvia que luego completaba el trabajo demoledor.

Como éramos apenas unos niños de 12 años, mi primo y yo casi disfrutábamos mirando aquel excepcional espectáculo. Por mucho que nos regañaban siempre queríamos mirar por las rendijas para no perdernos nada. Mientras nuestros padres y abuelos se mantenían preocupados hasta la desesperación. Esa vez recuerdo que de momento nos entró un hambre tremenda, y como pichones exigentes fuimos a abrir la boca para pedir comida pero solo había una olla de plátanos burros hervidos (ese que en algunos lugares le dicen fongo), de manera que llegado un punto crítico tuvimos que comérnoslo a trozos con la mano y sin nada para lubricarlos. No recuerdo si los adultos comieron algo.

Después vino el “Ike”, para entonces yo tenía unos 18 años. Esa vez éramos como 50 personas en la casa de mi tío Miguel. Para colmo, solo teníamos un pequeño espacio donde apilarnos, pues los cuartos estaban repletos de refrigeradores, televisores  y todo tipo de bienes de las familias que allí se refugiaban. El camino real, que pasa por delante de la casa se convirtió en un río que corría con fuerza violenta, arrastrando de todo, incluyendo animales muertos… Alguien dijo medio en broma y medio en serio que deberíamos salir y coger alguno, pero en ese momento el monstruo rugió de nuevo y nadie se movió. Es que ese sonido atemoriza al más valiente, es indescriptible. Pareciera que miles de leones desencadenaran su furia al mismo tiempo, como para reafirmar su poder, el poder de la tierra, de la naturaleza que no ha sido ni será domesticada.

Después escuchamos el sonido de algo quebrado que chocó con la pared, era la casa de mi abuela que había colapsado por completo, ella empezó a llorar y se tiró de rodillas, los hombres nos pegamos con fuerza a las ventanas para que el viento no las arrancara. Luego otro golpe seco que partió el techo de la cocina y casi nos golpea, era la mata de coco… así estuvimos toda la madrugada hasta que los primeros claros de la mañana trajeron una brusca calma que se impuso como cuando aprietas la tecla pausa en un reproductor.

Muertos de cansancio, hambrientos y medio dormidos salimos cautelosos a mirar hasta donde pudimos pues la inundación seguía siendo muy peligrosa. Era increíble a qué distancia podíamos ver alrededor… al no estar presentes los árboles ni la mayoría de las casas, la vista no encontraba obstáculos en ninguna dirección. Algunas de las casas más antiguas del pueblo, fueron reducidas al piso, pulido o de mosaicos, que servía de prueba para demostrar que allí estuvo alguna vez.

Cuando aún mirábamos estupefactos aquel panorama, el viento empezó a soplar con fuerza y el cielo a cerrarse de nubes negras que avanzaban soltando truenos y descargas eléctricas. Corrimos de nuevo hacia adentro pues venía ahora la segunda parte de la película, igual de horrible que la primera. Recuerdo que sentí mucho miedo y recé bastante. En un momento mi perro “Negrito” se escapó y mi papá salió al frente de la casa a cogerlo, no más alcanzó de vuelta a entrar al portal y una plancha de cinc que pasó quien sabe a qué velocidad cortó a la altura de un metro dos plantones de plátano y una mata de guayaba que estaban en el frente de la casa, o sea donde mismo estuvo mi papá un segundo antes.

En general los días que siguen a estos eventos son muy duros, las comidas son extremadamente básicas y el agua de donde se pueda conseguir con menos fango. Nada de “pomitos”, si acaso te reparten hipoclorito para echarle unas gotas al agua que sale del pozo. Inmediatamente empiezan las bolas y los chismes de si van a  dar esto o aquello. Si viene el picadillo o pasará “la comisión” encargada de censar los derrumbes para luego ver si se le otorgan tejas de asbesto cemento (fibro) para todo o parte del techo dañado.

Dos tipos de personalidades muy distintas se ponen en funcionamiento en estas circunstancias. Unos arrancan enseguida para el monte a buscar palos y pencas de guano para enderezar el rancho. Otros se ponen a esperar por las tejas del estado y algunos las siguen esperando hace décadas. En Cuba hay damnificados de todos los ciclones del noventa para acá que aún no han recibido las “ayudas” que ellos esperaban o que les prometieron. Con cada nuevo ciclón estos casos se siguen acumulando. La realidad es que en todos los tiempos el 90% de la responsabilidad y el esfuerzo ha recaído sobre las familias y en los casos felices donde el Estado les ha dado algo más, luego se los ha exigido con creces “peloteándolos” para todo lo que necesite gente “comprometida”.

Cuba puede ser perfectamente un país donde se construyan casas seguras contra estos fenómenos, ya que sabemos que lidiaremos con ellos mientras existamos como país; así como otras latitudes sufren nevadas, tsunamis, nubes de ceniza, a nosotros nos tocaron los huracanes. Debieran existir normas técnicas generadas por institutos de investigación y toda una proyección arquitectónica y de ingeniaría civil para crear infraestructuras adecuadas a nuestro contexto. Para eso hace falta resolver nuestros males de fondo, los políticos y con ellos los económicos. Solo así podremos revertir esa frase que le escuché decir a un amigo: “El gobierno cubano es excepcional en las excepciones, pero desastroso en lo cotidiano”. Pues si bien es importante que la defensa civil actúe rápido, que la información fluya y que se tomen medidas para que, como esta vez, no se pierdan vidas humanas, más importante todavía es que nuestros ciudadanos cuenten con medios para vivir dignamente de su trabajo todos los días y así no tengan que morir entonces con el tiempo soleado tratando de llegar a la Florida.

 

Ing. Eliécer Ávila

Pte. Movimiento Somos+

 

 

 

 

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Eliécer Ávila

Eliécer Ávila

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3 comments on “Sé exactamente cómo se siente…
  1. En mi trabajo de ingeniería teníamos que seguir ciertos reglamentos de acuerdo a la zona sísmica donde se construye. Claro eso es en un país donde las leyes aplican por igual y se protege el bien del ciudadano.

    • Tienes razón y así debería ser, pero la consigna de mas con menos nos ha llevado al abismo, no hay trabajo honrado para los arquitectos, ingenieros civiles, diseñadores, porque todo se hace a lo burdo, mas las malversaciones de materias primas de construcción que provocan que esas estructuras colapsen ante un colosal ciclón, ahora también debe ser interés individual de cada ciudadano, porque si no mejoran su estructura nunca estarán preparados y se que es difícil en nuestro país por las condiciones existentes, pero el que ponga empeño lo logra, el 92 por ciento quedo destruido el otro 8? Tienen mas recursos o son previsores de esto, hay que poner el esfuerzo de cada cuál y tratar de hacerlo mejor ya que el estado solo va a remplazar las tejas caídas no te va a poner una placa, como el cuento de los tres cerditos, hay que ser concientes, y ver mas allá de la flor de la calabaza!! Y si se les puede brindar ayuda mejor, saludos

  2. Creo que en gran medida el no perder vidas humanas se debe al nivel cultural y al conocimiento individual de cada cubano, hay que resaltar la acción de nuestros cubanos, nosotros somos únicos, también una buena información y respuesta rápido de la defensa civil, las far metereológia, en fin un equipo de trabajo que hace bien su función ante un desastre natural,no todo es malo, y esas cosas positivas hay que adoptarlas como ejemplo para una futura cuba, aunque nunca seremos Haiti porque como dije al principio somos diferentes, ante cualquier desgracia sacamos la cara y demostramos que se puede, saludos y viva cuba libre!!!

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