Fidel Castro, el antiimperialista que quiso imponer su revolución al mundo

 
Por: Ignacio Montes de Oca
(Publicado originalmente en ABC)

Fidel quiso convertir la revolución cubana en un producto de exportación casi desde el momento mismo en que llegó al poder en 1959. Durante décadas intervino en los asuntos internos de muchos países con el mismo espíritu intervencionista que denunciaba en sus discursos contra «el imperialismo». La historia de sus pocos éxitos y sus muchos fracasos contradice aquella mirada que proponen sus seguidores del «genial estratega» de La Habana.

El deseo de Fidel Castro de convertir al isla de Cuba en la plataforma para irradiar su revolución comenzó apenas unos meses después de su llegada al poder. Sucedió el 19 de abril de 1959, cuando un grupo de 97 hombres partió hacia Panamá a bordo del buque Mayarí desde el puerto cubano en Batabanó. La mayoría eran cubanos, pero también había tres panameños, un argentino y un portorriqueño. La invasión tenía por objetivo establecer un movimiento insurgente que jaqueara el estratégico Canal de Panamá. El plan consistía en hacer llegar un total de 400 hombres en dos barcos más y que un grupo ingresara como turistas por medios tradicionales para sumarse a las operaciones. 

El 24 de abril, las autoridades panameñas detectaron al Mayaría encallado en la zona de Playa Roja. Una patrulla de la Guardia Nacional panameño tomó por asalto al campamento rebelde en la región de Nombre de Dios. En la escaramuza fueron capturados dos cubanos, que rebelaron los planes de la invasión. En la semana siguiente, un nuevo foco insurgente fue sofocado en Cerro Tute y Fidel Castro debió recular ante la reacción coordinada de Panamá y los estados de la región, que denunciaron la invasión y mandaron buques y aviones para vigilar la costa panameña e impedir la llegada de refuerzos desde Cuba. 

En mayo, una partida de 54 hombres partió en un avión desde Cuba para aterrizar en Costa Rica, desde donde iniciaron su marcha hacia Nicaragua. Integraban la «Columna Rigoberto López» liderada por el nicaragüense Rafael Somarriba. Cinco oficiales cubanos coordinaban las operaciones de logística con la isla. Ni bien llegaron, fueron perseguidos por la Guardia Nacional de Nicaragua. Cuando buscaron refugio en la vecina Honduras, fueron derrotados en el combate de El Chaparral el 24 de junio siguiente, durante el cerco conjunto tendido por las tropas del presidente Somoza y los militares hondureños. Solo 19 miembros de la columna lograron sobrevivir.

Apenas unos días antes del desastre en Nicaragua, Castro había lanzado la «Operación Domeñar», que tuvo esta vez por objetivo a la República Dominicana. Un total de 200 irregulares cubanos y dominicanos desembarcaron el 14 de junio de 1959 en Playa Constanza y Puerto Plata. Pero Castro había cometido un error crucial; al buscar apoyo para su invasión entre los enemigos del presidente dominicano Rafael Leónidas Trujillo, había revelado sus planes y en consecuencia les había dado tiempo para preparar la defensa. La expedición cubana al mando de los oficiales Delio Gómez Ochoa y Enrique Jimenez Moya fue destrozada apenas llegó a la playa. Sólo siete de los invasores fueron capturados; otros 217 murieron en combate o fueron ejecutados donde fueron hechos prisioneros. El presidente dominicano usó la invasión fracasada como excusa para lanzar una campaña de represión anticomunista tan feroz como desproporcionada, lo cual aumentó el número de víctimas que provocó el error de Fidel Castro. 

En agosto, Fidel perseveró e intentó otro movimiento en Haití. El gobierno cubano lanzó el 14 de ese mes la «Operación Haití», comandada por los militares cubanos Henry Fuentes y Ringal Guerrero. En total, la partida estaba formada por 18 cubanos, 10 haitianos y dos venezolanos, que desembarcaron en la playa de Les Irois. Supuestamente, el grupo tendría que fijar una posición en las montañas de Caracusse, a la espera de una rebelión militar contra el gobierno de François Duvallier comandada por el político local Louis Dajoie. En lugar de recibir noticias de cuarteles sublevándose, la expedición cubana vio llegar a las tropas que rodearon su posición y los masacraron sin piedad. Apenas cinco oficiales cubanos escaparon de las ejecuciones y fueron exhibidos en la prensa junto al anuncio de la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba. El haitiano Dajoie logró escapar a La Habana y luego a Miama, donde fue arrestado.

El fracaso de las invasiones directas marcó el comienzo de una nueva etapa. Desde 1960 en adelante, Castro comenzó a promover a los grupos locales que estuvieran dispuestos a sumarse a una rebelión similar a la que había protagonizado en Cuba, pero sin enviar sus soldados directamente desde la isla. Es así que en Guatemala inició el contacto con los líderes rebeldes Yang Sosa y Luis Turcio, a quienes ayudó con armas para establecer el bastión rebelde de Sierra de Minas. Lo mismo sucedió con los seguidores de Roberto Carias en El Salvador. La intervención cubana en El Salvador fue crucial para que los diferentes grupos guerrilleros se unificaran en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), alianza que funcionó gracias a las armas y entrenamiento cubano y al aporte de otros aliados del bloque oriental que llegaban seducidos por el sueño «internacionalista». Desde entonces el FMLN fue dirigido por la Habana. Ernesto Jovel, líder del FMLN, intentó resistir la influencia de Castro y retirar sus tropas del frente. Pero no llegó a concretar su amenaza; el avión que lo llevaba cayó al mar el 17 de septiembre de 1980. 

En Venezuela, Castro intentó organizar un foco rebelde a su medida, pero la operación falló cuando dos lanchas que intentaban ingresar ilegalmente desde Cuba, fueron descubiertas el 8 de mayo de 1967 en la playa de Maracuchuto, en la región de Miranda. El hallazgo provocó la movilización de patrullas militar y a un breve combate con los insurgentes. Luego de mostrar en la televisión cubana a dos militares cubanos capturados en las refriegas, el gobierno venezolano denunció la injerencia de La Habana y rompió relaciones con el régimen de Castro. 

Las denuncias constantes por las sucesivas intromisiones del gobierno cubano no frenaron de modo alguno los planes de exportación de Castro. Luego de la fallida invasión norteamericana de Bahía de los Cochinos en abril de 1961 y la posterior Crisis de los Misiles de 1962 provocada por el intento soviético de instalar misiles nucleares en la isla, había quedado claro que La Habana era un aliado prioritario de Moscú. Y, relacionado con ello, que cualquier intento por cortar de raíz la injerencia cubana en la región implicaría un conflicto aún más grave son su protector soviético. De manera que Fidel siguió moviendo los hilos y redobló su apuesta. 

A partir de 1963, comenzó a recibir y entrenar a los grupos políticos latinoamericanos que veían en la violencia un método aceptable para lograr sus sueños revolucionarios. Ese mismo año, Fidel aceptó el pedido del comandante argentino cubano Ernesto Che Guevara para hacer un intento insurgente en Argentina. El grupo de 22 guerrillero estuvo liderado por el periodista argentino Jorge Masetti, hasta ese entonces integrante de la agencia de noticia Prensa Latina. Por debajo de él, estaban los cubanos Horacio Peña Torres, jefe de seguridad de «el Che» y el guardaespaldas personal, Alberto Castellanos. Se autodenominaron Ejército Guerrillero del Pueblo e instalaron un campamento rebelde en el norte argentino en junio de 1963. Menos de un año después, todos los hombres del EGP estaban muertos o fueron capturados. El apoyo general de los pobladores pobres de la zona nunca se materializó sino que, por el contrario, su presencia fue delatada por aquellos que en principio habían venido a liberar. 

Aquella lección no fue aprendida siquiera por el propio Che Guevara, que también cayó por factores similares cuando intentó crear un grupo insurgente en la zona del Ró Ñancahuazú en 1966. Los pertrechos y refuerzos nunca llegaron desde La Habana y el Ejército de Liberación Nacional de Guevara quedó reducido a un grupo de hombres más apurados por resolver los problemas planteados por el hambre y las deserciones, que por lograr el apoyo de los campesinos de la zona. 

Pese a que Fidel Castro cosechaba más fracasos que victorias, su fama revolucionaria permaneció intacta, incluso luego de la muerte de su hombre más cercano, el Che Guevara, a manos de los rangers bolivianos el 9 de octubre de 1966, también como consecuencia de los errores estratégicos que habían cometido desde su gobierno.

Es así que La Habana siguió siendo en el centro de reunión de un nutrido grupo de visitantes entre los que estaban los integrantes de los movimientos guerrilleros más celebres de Sudamérica. Desde la Argentina, acudieron miembros de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP); desde Uruguay, llegaban militantes del Movimiento de Liberacion Nacional Tupamaros; desde Chile, los miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y desde Bolivia el Ejército de Liberación Nacional. 

Pero al tiempo que se multiplicaban los grupos insurgentes promovidos y entrenados Fidel Castro en Latinoamérica, también se hacía más terrible y eficiente la represión por parte de los sistemas policiales y militares regionales, coordinados ahora por los militares de los EEUU. En un intento por revertir el retroceso militar a manos de las fuerzas gubernamentales, el gobierno cubano organizó en 1974 la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR). 

La JCR fue un intento de La Habana por hacer más efectiva la lucha revolucionaria entre los grupos guerrilleros sudamericanos. Pero, nuevamente, Fidel no calculó el poder de sus adversarios y la JCR apenas sirvió para que sus integrantes estuvieran mejor informados de las derrotas que recibían sus camaradas en otras latitudes. La última actividad conocida de la JCR fue el llamado para que sus integrantes acudieran a luchar a Nicaragua del lado de los antisandinistas. Lo poco que quedaba de los grupos guerrilleros latinoamericanos luego de los asesinatos, arrestos y defecciones en sus países, encontró en Nicaragua por fin un triunfo con la victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional el 19 de julio de 1979. 

Fidel y la Guerra Fría 

Además de la obsesión por hacer de la Revolución Cuban un asunto latinoamericano, Fidel Castro intervino en otros continentes como alfil del bloque socialista durante la Guerra Fría. Ya desde 1963, Fidel Castro envió a través de territorio de Tanzania a un grupo de combatientes cubanos para que intervengan en favor de las guerrillas socialistas congoleñas que operaban desde Dolissie y Point Nore. La expedición fue un fracaso y los «voluntarios» de La Habana tuvieron que retirarse tras un par de años de lucha. 

En 1965, envió al Che Guevara a Angola para apoyar a Agostinho Neto, líder del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) que luchaba para arrancarle la independencia a Portugal. De paso, las tropas cubanas en Angola también apoyaron a los insurgentes de Guinea Bissau, aunque esa ayuda no logró cambiar el balance militar en el país vecino. 

La lucha en Angola continuó por años y Fidel Castro llegó a enviar unos 25.000 soldados a ese conflicto, en el marco de la “Operación Carlota” iniciada en noviembre de 1975. Esta vez, la ayuda cubana sin embargo fue decisiva y el MPLA declaró la independencia el 11 de noviembre de 1975. Allí, entraron en combate directo con las tropas sudafricanas que apoyaban a grupos afines dentro de la guerra civil angoleña que no aceptaban el gobierno. Sudáfrica envió columnas blindadas a Angola y se trabaron en feroces combates con los blindados cubanos y soldados del MPLA, mientras otras unidades de La Habana ayudaban a contener otra invasión desde el norte protagonizada por grupos occidentales que entraron desde El Zaire. El 27 de marzo de 1976, todas las tropas que invadieron Angola se retiraron.

Le siguió una guerra de baja intensidad entre Sudáfrica y los cubanos, en la que los aviones MIG piloteados por pilotos cubanos se cruzaron en constantes combates con reactores sudafricanos sobre Namibia, el territorio que aun dividía a los contendientes. La independencia de Namibia en 1988 dio por cerrada la intervención cubana en la región. Para ese entonces, unos 50.000 soldados de Castro habían pasado por Angola y unos 2.000 murieron en combate.

Fidel Castro también envió sus soldados a otras guerras. En 1962, un contingente de 500 cubanos llegó a Argelia, justo a tiempo para luchar del lado de los argelinos en la disputa con Marruecos, en lo que se conoció como «La guerra de las Arenas». En 1973, una brigada de tanques se desplegó en los Altos del Golán, en la frontera sirio israelí, aunque no se tiene seguridad que hayan entrado en combate contra los israelíes durante la guerra de Yom Kippur. En septiembre del año siguiente, La Habana acudió con tropas en ayuda del general etíope Mengistu Haile Mariam, quien había declarado el estado socialista tras el derrocamiento del emperador Haile Selassie. El apoyo a Mengistu, es contemporáneo con el envío de 50 asesores cubanos a Etiopia, que bajo el mandato del general golpista Mohamed Siad Barre se había declarado también socialista. El problema es que Etiopía y Somalia estaban en guerra por la posesión de la provincia de Ogadén, no obstante lo cual Fidel Castro –y los soviéticos en mayor proporción– continuaron con su presencia militar en ambos estados. Y la enorme cantidad de armas y el entrenamiento que brindaron a ambos países, solo provocó que la guerra y sus consecuencias se extendieran hasta el presente. 

En la única ocasión en que las tropas enviadas por Fidel Castro entraron en combate con soldados norteamericanos fue en la isla de Granada, en los 51 días que duró la invasión de los EEUU a esa isla caribeña entre octubre y diciembre de 1985. Allí, un grupo de «asesores» cubanos comenzó a trabajar en la construcción de una gran pista de aterrizaje que, en opinión de la inteligencia norteamericana, serviría como base para los bombarderos soviéticos frente a sus costas. Cuando desembarcaron las tropas norteamericanas para derrocar al gobierno granadino de Maurice Bishop, encontraron una furiosa resistencia de parte de los cubanos que se habían atrincherado en varios puntos de la isla y que hicieron que la operación durara más de lo previsto. 

El ocaso del patriarca

Con la caída del Muro de Berlín en 1989, Cuba entró en el «periodo especial», eufemismo para denominar a la tremenda crisis ocasionada por el fin de los subsidios masivos que recibió durante décadas desde el bloque oriental. Las aventuras militares en el exterior ya no podían ser sostenidas por la economía exhausta y el antiguo protector que residía en Moscú parecía más interesado en resolver sus crisis internas que en seguir transportando y aprovisionando a las tropas cubanas dispersas en tres continentes. 

Es así que Fidel Castro perdió el sponsor para sus sueños de exportar la revolución y debió traer de regreso sus soldados y concentrarse en enfrentar una crisis que superaba sus peores previsiones. 

Pero eso no significaba quedarse aislado en la isla. Para un viejo zorro de la política como Fidel Castro, aquello apenas implicaba esperar la ocasión para volver a practicar su juego de ajedrez más allá de las costas cubanas. La oportunidad vino en 1995 con el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela. El discurso antinorteamericano del nuevo hombre fuerte en Caracas coincidía con las necesidades políticas y económicas de Fidel Castro. Donde Chávez quería construir un modelo de socialismo moderno, apareció Castro para darle su bendición a cambio de precios diferenciales para importar petróleo a razón de 80.000 barriles diarios y obtener «donaciones» de materiales y maquinarias desde Venezuela.

Castro encontró en la figura mítica que habían construido en torno suyo los militantes de la izquierda latinoamericana, un recurso salvador. Y en lugar de enviar soldados, comenzó a enviar maestros y médicos cubanos a países cuyos líderes populistas expresaban su admiración por el comandante cubano. El sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, y los presidentes de Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina peregrinaron a La Habana y aceptaron recibir los servicios de la nueva camada de «internacionalistas». En Venezuela, la cifra de profesionales cubanos de diversas especialidades civiles alcanza probablemente unos 20.000. Solo en Argentina, llegaron cerca de 400 médicos cubanos favorecidos por un cambio en los convenios bilaterales firmado en 2007, que les dio privilegios para prestar servicios en donde antes trabajaban profesionales locales, En Bolivia, hay unos 1700 profesionales cubanos en «misiones humanitarias» cuyos sueldos, al igual que en el resto de los países de la región, son abonados en dólares directamente al gobierno cubano y solo una parte es recibida por quienes hacen el trabajo. 

El sueño de exportar su revolución en 1959 se añejó y volvió transformado en el deseo de mostrar la superioridad de su revolución a través de las bondades de su sistema educativo representado por médicos y maestros itinerantes, que de paso le acercaban unos dólares al estado cubano. 

El balance de las intervenciones de Castro en el exterior es cuestionable. Ninguno de los países en donde envió a sus soldados logró construir un socialismo exitoso. En algunos, muy pocos, el socialismo devino en gobiernos personalistas que replicaron el modelo que traían en sus mochilas los soldados cubanos. La empobrecida Venezuela bajo el liderazgo de Nicolás Maduro y la corrupción rampante del gobierno de José Do Santos en Angola, son apenas dos ejemplos. 

En otros, como Somalia y Siria, aquella visita de los «voluntarios» es apenas otro rosario más dentro de una larga historia de episodios bélicos y guerras intestinas. En América Latina, el legado de Castro es objeto de controversia. Su muerte reciente despertó grandes muestras de afecto, pero también críticas muy poderosas por su intervención en los asuntos de otros países a lo largo de la historia. Y entre los que más atacaron los honores a favor de Castro, están los numerosos colombianos que creen ver su sombra detrás del más reciente fracaso del estadista cubano al intentar imponer un proceso de paz que, en opinión de muchos, favorece la posición de las FARC, antiguas admiradoras del paraíso socialista cubano. 

A la luz de los hechos, no puede negarse que Fidel Castro intervino en la política interna de casi todos los estados de la región durante muchos años. Y que esa injerencia trajo aparejada violencia y reacciones igual de sangrientas. Pero aquella actitud del último patriarca de la izquierda pareciera ser perdonada entre los que al mismo tiempo lo siguen admirando y se oponen a que otros países hagan metan sus narices en asuntos ajenos, con razonamientos que combinan interpretaciones propias, dogmas políticos e indulgencias ideológicas.

 

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