A CAMILO

Foto de Perfecto Romero

Foto de Perfecto Romero

 

Por Jose Manuel Presol

Hace algún tiempo escribí en otro lugar: “Podemos afirmar radicalmente que nació públicamente entre la alegría de su pueblo y que murió entre el dolor de su pueblo. Pocas veces, en cualquier latitud, un hombre ha encarnado, como él, todas las virtudes, todas las cualidades y todos los estereotipos de su gente”.

Sin embargo, es muy poco lo que sabemos de su pensamiento político. Quizás no tuvo tiempo de enseñarnos como era de verdad. Creo que fue el filósofo Nietzsche el que escribió: “unos hombres mueren muy pronto, otros muy tarde, yo te recomiendo muere a tiempo”.

Ciertamente murió a tiempo. Así es usado (abusado más bien) por unos como ejemplo de revolucionario; apreciado, por otros, al idealizarlo como modelo que lo que pudo ser la revolución y no fue; y rechazado radicalmente por otros (los menos) por considerarlo uno más de la camarilla.

Si miramos en los datos objetivos, sabemos que nació en una familia trabajadora, humilde, como otras miles. De los tres hermanos, solo a uno, Osmani, se le pudieron dar estudios superiores. Él llegó a ingresar, por su propio esfuerzo, en la Escuela de Bellas Artes; parece que lo que realmente quería era ser escultor.

Camilo tuvo que emigrar para intentar mejorar su nivel de vida, como muchos otros cubanos de ayer y de hoy. En Estados Unidos fue inmigrante ilegal, trabajando en lo que sabía: “tailorear”, es decir confeccionar ropa, ya que, en Cuba, también trabajó en una sastrería. Para conseguir la residencia y nacionalidad; es decir, para “resolver”, llegó a contraer un matrimonio de conveniencia con Isabel Blandón, amiga salvadoreña, de la que, después, se divorció. En sus intentos por llegar al vecino del norte, incluso llegó a pedir su ingreso en el Ejército americano.

Es decir era un joven cubano de su tiempo o quizás… del nuestro.

El tiempo que pasaba en Cuba, entre sus salidas, siempre estaba en contacto con grupos, especialmente estudiantiles, que se organizaban en la lucha contra el dictador de aquellos días: Fulgencio Batista. Hay una foto suya en un mitin muy cerca del discursante, un estudiante de arquitectura llamado José Antonio Echeverría, al que recordaría años más tarde, cuando le tocó a él ser el orador, al decir que: “esta revolución se ha hecho para un pueblo y no para encumbrar a un líder pues ningún líder es bueno; mejor dicho solo son buenos los que como José Antonio Echeverría ofrecían su cuerpo a los golpes, para que sus compañeros no fuesen apaleados y dieron su vida por la Patria”.

Nunca se escondió, ni evitó el peligro. Fue el 7 de diciembre de 1955, cuando vertió, por primera vez, su sangre por Cuba. Participaba en una manifestación en homenaje a Maceo, estaba organizada por la FEU, que arrancó de la escalinata universitaria y bajaba por San Lázaro. Allí recibió un balazo. Aún casi sin estar recuperado del todo, el 28 de enero de 1956, ya estaba en otra manifestación, esta vez en honor a Martí, durante la que fue apaleado y detenido.

En una de sus “salidas” a Estados Unidos pasó a México, pues había oído hablar de algunos cubanos que “preparaban algo”. Así se unió a lo que después sería la expedición del Granma, si bien la “gran visión” del futuro comandante en jefe no vio en él ninguna característica especial y desembarcó como simple soldado.

Su primera gran revelación como dirigente la podemos encontrar en aquel primer combate de Alegría de Pío. Cuando algunos futuros “héroes de la revolución” huían a refugiarse en los cañaverales y comenzaron a oírse órdenes de rendición; y, por encima de los disparos, por encima de la voz de Fidel, por encima de la tos nerviosa del Che, por encima de las instrucciones de Raúl intentando una retirada ordenada, por encima de las palabras de Almeida intentando poner a salvo a sus hombres; por encima de todo eso surgían, una y otra vez, su enorme sonrisa y su voz intentando tranquilizar y bromeando, hasta que se oyó su grito, un grito de quien que no tenía jerarquía militar, pero si alma y coraje, para dar órdenes cuando había que darlas. Inconfundible, como siempre, era Camilo: “¡Coño, aquí no se rinde nadie, carajo!”.

Poco después ganaba uno de sus apodos “Señor de la Vanguardia”, y lo ganó dirigiendo a sus hombres como siempre lo hizo: de pie y sin ocultarse y recibiendo herida tras herida y ordenando a los sanitarios que evacuasen a los demás heridos antes que a él. Como recordaba Carlos Franqui: “lo normal era tener miedo y superarlo, para algunos era insuperable y se retiraban; para otros, como Camilo, el peligro era sólo un estímulo en la lucha… peleaba a cuerpo descubierto. Casi todos los que así combatían, como el capitán Paz y los comandantes Cuevas o Daniel, murieron en combate”. Para mandar esa posición de peligro fue nombrado por el que, no tengo claro en razón de que méritos militares, ostentaba un grado superior, se llamaba Ernesto Guevara; y presiento que lo designó para esa misión precisamente por eso: porque él no se atrevía dirigir la vanguardia.

Más adelante, ya como comandante, ganó otro apodo: Héroe de Yaguajay, pero esa es otra historia. Como también lo es lo sucedido poco después, ya en enero de 1959, cuando dos barbudos armados entraron en una sastrería habanera y pidieron hablar con el gerente, que los recibió algo más que asustado y al preguntarles que deseaban le dijeron: “nuestro comandante nos envía para entregarle esto” y le alargaron un sobre. El sobre contenía 153.56 pesos y una carta pidiendo disculpas por haberse llevado el dinero de la caja al tener que marcharse urgentemente pues la Policía le buscaba. La nota estaba firmada simplemente como Camilo. ¿Es ese el comportamiento de una persona que busca la desaparición de la propiedad privada?

La entrada en La Habana no significó paz y tranquilidad para él, pues se entregó a un frenético plan de trabajo de organización, transformación y creación de un nuevo Ejército y una nueva República.  También empezaron a surgir las primeras discusiones, siempre en privado, nunca en público; como aquella ocurrida en una tarde en casa de Celia Sánchez, donde estaban presentes la propia Celia, Camilo, Fidel y Carlos Franqui. La discusión radicaba en que Franqui se quejaba de que no recibía la documentación que tenía que custodiar como depositario de los documentos históricos del Ejército Rebelde, y que Celia le escamoteaba cada vez que podía.  Fidel se desentendía o sacaba la cara por Celia, hasta que se cansó y dio por terminada la reunión, pues Camilo, el Héroe de Yaguajay, se le había enfrentado y dicho, casi como una premonición:

“Hay que escribir la historia, Fidel, porque un día tú estarás viejo y los viejos cuentan muchas mentiras, y no estará aquí Camilo para decirte: “Vas mal Fidel…””.

No mucho más tarde, a Camilo le tocó el desagradable deber de cumplir la orden de detener al comandante Huber Matos, por renunciar éste a todos sus cargos al no querer colaborar con los comunistas. Aquí posiblemente se produjo una ruptura no pública. Huber Matos ha relatado muchas veces en entrevistas y  sus memorias que Camilo le visitó y le ofreció darle los medios para huir, cosa que rechazó pues seguía confiando en los tribunales revolucionarios.

En esos días pronunció un último discurso, en Ciudad Militar Columbia, que ya se llamaba Ciudad Escolar Libertad. Discurso que no iba dirigido a Huber Matos, y que hay quien interpreta como de ruptura con Fidel, pues se dice que a ese “destinatario” es a quien recordaba la poesía de Byrne que dice que sobre El Morro de La Habana no pueden ondear dos banderas, y remataba con los últimos versos: “Si deshecha en menudos pedazos, llega a ser mi bandera algún día… ¡Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía!”

De todas formas, su vida no fue mucho más allá, pocos días más tarde se dio de forma oficial la noticia de su muerte, el 28 de octubre, en un accidente de aviación. Accidente ocurrido como consecuencia del mal tiempo, en un día que todos los observatorios cubanos, bahameños y norteamericanos registran como de buen tiempo y sin tormentas. Del avión nadie se explica la razón de no encontrar ningún rastro; como tampoco nadie se explica la razón de que en el llamado Museo de la Revolución, antes Palacio Presidencial, se exhiba su sombrero, del que nunca se separaba (no quedamos en que no se encontraron rastros).

No habían pasado ni once meses desde que había entrado en La Habana, precisamente en compañía del comandante Huber Matos, protegiendo, uno a su derecha otro a su izquierda, al que por entonces consideraban su jefe y amigo, a un tal Fidel Castro Ruz.

Ahora solo podemos recordar con certeza que muchos católicos se vieron sorprendidos entonces al conocer la cara de Camilo, pues, rodeada de larga barba, les recordaba la imagen tradicional de Jesús en la Última Cena. Aunque quizás estuviese más próximo a la verdad aquel viejo babalawo que se le aproximó un día de relajo en la playa y le dijo al oído: “blanquito, tú tienes a Changó en el cuerpo”.

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Jose Manuel Presol

Jose Manuel Presol

Nací en la capital de “la Tierra más hermosa que ojos humanos vieran”, un 23 de septiembre de 1952. Salí un 30 de septiembre de 1967, con quince años recién cumplidos y, por el horizonte, empezaba a salir el Sol. No he regresado. Estudios superiores, medios o básicos en muchas cosas, fundamentalmente: Economía, Industria Alimentaria, Agroindustria, Finanzas y Gestión de Proyectos, Transporte, Logística. Vicioso de la lectura. Aficionado a la Historia. Miembro de Somos+. Espero volver algún día, mejor dicho: estoy seguro que volveré y que acabaré de ver salir el Sol.

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4 comments on “A CAMILO
  1. excelente articulo, hay muchas cosas q los jovenes cubanos no sabemos con exactitud, pero la verdad es q cada vez somos+

  2. nunca entendí porque osmany el hermano de camilo fue tan entregado al proyecto de fidel si el tiene suficiente capacidad para entender que ese avión no pudo haber desaparecido,sin dejar rastro; ninguna mensaje de camilo o cualquier señal porque sin duda el era lider natural y respetaba a su jefe pero también a su tropa y eso lo sabia todo el mundo,quisiera saber que paso en realidad, el que tenga acceso a las grabaciones de las emisoras que se escuchaban en septiembre y principio de octubre de 1959 donde se pronosticaba que camilo le daría una sorpresa al pueblo cubano y desapareció unos días después no le parece muy extraño. eso me cuenta mi padre que el lo escucho muchas veces

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