Guáimaro

 

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José M. Presol

 

Si solo hubiese una localidad cubana que todos debamos llevar en el corazón, esa es Guáimaro. Todos amamos nuestra ciudad, nuestro barrio. ¿Quién no recuerda su Habana, su Santiago, su Matanzas, su Manzanillo, su Camagüey, su Artemisa?, o ese batey, donde corría por un camino de tierra para esconderse del esperado castigo por una travesura infantil.

Guáimaro es más: es la ciudad, el barrio, el batey de todos nosotros. Está ligada a fechas y símbolos importantes.

Ya existía, y con ese mismo nombre, cuando llegaron los primeros conquistadores, y, en 1530 fue destruida por primera vez, por un tal Vasco Porcayo de Figueroa.

Los años pasaron y fue hato ganadero, se produce lo que llaman “reparticiones”, y su nombre aparece escrito, por primera vez, en un documento: una escritura de compra-venta.

Ya en 1822 su nombre se cruzó con un adjetivo del cual no se separaría. En las tierras de España existían ansias de libertad y diez años antes se había proclamado la primera Constitución emanada de la soberanía popular. Guáimaro aún era jurídicamente España y entraba en el Artículo 1 de aquella: “La Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Por primera vez se unían el concepto de Nación y las personas soberanas. Así, en ese año, se transforma en Ayuntamiento Constitucional.

Llegó el 10 de abril de 1869 y se convirtió en sede de la Asamblea Constituyente que aprobó nuestra propia primera Constitución. Fue una Constitución no perfecta. Un jurista vería muchos defectos. Fue imposible de discutir y refrendar popularmente, hablamos de los tiempos de la Guerra de los 10 Años. Pero fue nuestra Constitución, y significó la ratificación de lo que ya había manifestado Céspedes en La Demajagua el año anterior: éramos, y seguimos siendo, ciudadanos con nuestros derechos y deberes irrenunciables. En palabras del Apóstol: “Nuestro vino es agrio… pero es nuestro vino”.

No pasaron más que cuatro días y una cubana dio un paso al frente. ¿Cuántas veces lo han hecho nuestras compañeras, poniéndose por delante de los hombres y dándonos ejemplo? El 9 de octubre de 1868, Cambula Acosta cosió nuestra bandera, ahora el 14 de abril de 1869, Ana de Betancourt anunció, en ese mismo lugar, otro pilar básico de nuestras libertades: hombres y mujeres tienen el mismo derecho a luchar y defender la Patria, pues hombres y mujeres son iguales en derechos y obligaciones.

No todo fueron alegrías, también hubo tristezas. Tristezas llenas de Honor. El 10 de mayo de ese año, ante el avance de las tropas de la Corona de España, y no pudiendo defender el sitio, los habitantes de Guáimaro prefirieron quemar la ciudad, sus propios hogares, y lo hicieron hasta los cimientos, para que no cayese en manos enemigas.

Guáimaro y su territorio retornó a manos cubanas. La sabana camagüeyana volvió a llenarse de ganado. La prosperidad regresó. Pero la guerra continuaba, ahora la definitiva, pero guerra.

De nuevo el peligro de caer en manos enemigas y de nuevo la decisión, ahora del General Calixto García, de quemarla antes de entregarla. Sus habitantes volvieron a prender fuego a sus casas, a sus establos, sus iglesias, su Ayuntamiento, a toda ella. Seguramente lloraban, pero no vacilaban.

Siguieron pasando los años y en Cuba pasaron muchas cosas, entre ellas la Independencia y la Revolución del 33, que influyó en una nueva Constitución, la llamada del 40. La última votada en libertad por todo el pueblo, redactada por una Convención Constituyente que representaba a todos y que empieza con una expresión maravillosa: “Nosotros los delegados del Pueblo de Cuba…”

Las maravillas no acaban ahí, también tiene un primer y segundo artículos extraordinarios:

  1. Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como República unitaria y democrática, para el disfrute de la libertad política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana.
  2. La soberanía reside en el pueblo y de éste dimanan todos los poderes públicos.

Pronto, aunque les pese a quienes se aferran a lo viejo y caduco, nos tocará refrendar esa Constitución, o proclamar otra nueva, que elimine el monopolio de un solo partido sobre los destinos de la Patria y con un conjunto de derechos que podremos resumir en uno: nuestro derecho a trabajar y luchar por el porvenir y felicidad de nuestra familia y de nosotros mismos, pues:

La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes.

José Martí.

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Jose Manuel Presol

Jose Manuel Presol

Nací en la capital de “la Tierra más hermosa que ojos humanos vieran”, un 23 de septiembre de 1952. Salí un 30 de septiembre de 1967, con quince años recién cumplidos y, por el horizonte, empezaba a salir el Sol. No he regresado. Estudios superiores, medios o básicos en muchas cosas, fundamentalmente: Economía, Industria Alimentaria, Agroindustria, Finanzas y Gestión de Proyectos, Transporte, Logística. Vicioso de la lectura. Aficionado a la Historia. Miembro de Somos+. Espero volver algún día, mejor dicho: estoy seguro que volveré y que acabaré de ver salir el Sol.

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