Lo que el viento no se llevó

 

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Por Carlos Raúl Macías López

Ya el inoportuno huracán Matthew es historia. Se ha alejado por fin de tierras cubanas hacia otros derroteros. No obstante, el rastro sombrío que ha dejado, perdurará por mucho tiempo en la geografía y en la memoria de la gente.

El embate de los desconsiderados y rabiosos vientos no perdonaron prácticamente nada a su paso. Techos, viviendas, árboles, sembrados, cables de electricidad, y más, dieron buena cuenta del poder demoledor de la naturaleza. Despiadadas bocanadas de ráfagas y agua, que sin sopesar el daño que infligían, se ensañaron con la cólera de dioses en una de las más bellas regiones del archipiélago cubano, pero a la vez más atrasadas, al menos en el sentido social y económico.

Donde ayer se levantaba una humilde casa, hoy el escenario se desfigura en inservibles despojos. Trastos, entremezclados con escombros, telas, lodo y madera, son todo el legado en forma de amasijo que irremediablemente le queda a miles de familias.

El sentido de pertenencia se tambalea peligrosamente entre la desesperanza y la incertidumbre, cuando la mano invisible del meteoro les arrebató de golpe lo que les tomó años y sacrificios en construir. En tan sólo dos horas la vida les cambió para siempre, pues sin solicitarlo, el ojo de la tormenta los embistió por el medio, en complicidad con una poderosa ala derecha.

Honor a quien honor merece. El estado había tomado con anticipación todas las medidas necesarias, y al menos por esta vez, no hubo que lamentar pérdida de vidas humanas, que es en definitiva lo único que no es prescindible. Pero el viento se llevó muchas cosas, dejando como moneda de cambio afectación y angustias.

“Ha sido la noche más larga”, recuerdan con evidente tristeza algunos baracoenses. El mar, impetuoso y envalentonado, sobrepasó atrevidamente sus límites, e incursionando tierra adentro, hizo también de las suyas. Olas gigantescas hubieran querido engullírselo todo de una buena vez.

Colateralmente otro huracán ganaba también en organización e intensidad. De todas partes de la isla se movilizaron amigos, familiares, desconocidos, en fin, toda persona de buena voluntad. Grupos de linieros, militares, civiles, ancianos, niños, sin distinciones de raza, credo o ideología, pusieron manos a la obra para revertir, aunque fuera mínimamente la cruda realidad, pues mitigar en parte la desolación es la prioridad por el momento.

Los medios de difusión masiva se han hecho eco de la devastación, al tiempo que las imágenes hablan por sí solas. Por otra parte, la solidaridad y las ansias de sobrellevar  las cargas asumieron una vez más el protagonismo, algo que el viento, para bien de todos, no se pudo llevar.

Pero una preocupación está latente en muchos damnificados: ¿Cuánto tiempo tardará en llegar la ayuda del gobierno? El cuestionamiento no está del todo injustificado. No es la primera vez que la nación se enfrenta a una situación semejante. Recordemos que en 2012 otro terrible huracán, El Sandy, azotó bárbaramente la costa sur de las provincias orientales, con similar saldo en pérdidas materiales, y mucha de la ayuda destinada se extravió por caminos inciertos.

Es imprescindible que el descontrol y el desvío de recursos, no se adjudiquen las víctimas que Matthew no cobró.  Si, el viento se llevó muchas cosas, pero nunca el deseo de levantarse y comenzar de nuevo. Por tanto, no permitamos que manos oportunistas se aprovechen del dolor y las carencias, para enriquecerse ilegítimamente. Velemos para que cada cual reciba lo que le ha sido destinado, según sus necesidades.

Sería lamentable que nuestros hermanos, ya de por si perjudicados por ésta fatal pesadilla, tuvieran que también llevar sobre sus hombros el peso de las malas tomas de decisiones, que derivan en burocráticos trámites e innecesarias dilaciones. Cerremos filas para impedir que la avaricia, la insensibilidad, y el egoísmo hagan más daño que el que produjo Matthew a su paso por Cuba.

Las desgracias de la vida se llevan y traen cosas, pero confío plenamente en que lo mejor de nuestra nacionalidad no habrá huracán que lo pueda arrancar, por muy fuerte que éste sea. Obviamente, Herbert Saffir y Bob Simpson, no son cubanos.

 

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Carlos Raul Macias

Carlos Raul Macias

Nací el 19 de diciembre de 1971. Me gradué como doctor en medicina en 1996 y de especialista en primer grado en Medicina General Integral en 2002. Cursé estudios en el Seminario Teológico Metodista, donde me licencié en Sagrada Teología con título de oro en 2014. Soy miembro del Movimiento Somos Más. Actualmente estoy trabajando en la propuesta cívica independiente Por Otro 18. Me desempeño como pastor de una iglesia en Jagüey Grande, provincia de Matanzas. Escribo para diferentes medios independientes, con el propósito de reflejar la realidad de mi país, y hacer propuestas objetivas.
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