Una Piedra en el Zapato

 

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Por: Carlos Raúl Macías López

Algunas personas reiteradamente me han sugerido que me vaya de Cuba, como subyugados por el hechizo falaz de que, “¡esto no hay quien lo arregle!” …o… “¿para qué te vas a meter en problemas?”  Esa atrevida insinuación usualmente surge, cuando en el calor de un debate, obviamente acerca de nuestra deplorable realidad, argumento audazmente que soy de los que optan intencionalmente por quedarse a disentir, luchar, cambiar. Como réplica, unos me observan como si estuviera loco, otros se carcajean con una mueca, mezcla de ironía, sarcasmo y burla, otros hacen oídos sordos con indiferencia, y no pocos me dan por incorregible, pero con esa inconfundible expresión en la mirada de sincero y justificado sobresalto, y hasta de lástima.

Bien pudiera decirse que yo soy una piedra en el zapato para el régimen, pero se trata de todo lo contrario, pues no soy el que sobra aquí, sino ellos.

En ese sentido, deseo hacer una confesión personal: tengo desde hace ya demasiado tiempo una piedra en el zapato, y lo más paradójico es que intuyo, que no es al calzado a lo que debo renunciar, sino a la piedra. Aclaro esto porque, en casos de desesperación (ya en estos momentos con categoría de epidemia nacional), hay quienes, por tal de evadir irreflexivamente el problema, han estado dispuestos no sólo a rechazar lo uno, sino también lo otro: me deshago del zapato, y así me libro de la ilícita piedra, o como diría mi abuelo el veterinario, muerto el perro, se acabó la rabia.

Cuando un objeto duro y obstinado cae accidentalmente dentro de un calzado, moviéndose antojadiza y erráticamente de acá para allá, o viceversa, es bien sabido lo incómodo que resulta caminar, incluso, los más intrépidos, solo atinan a avanzar unos pocos pasos más. Quien transita por esta experiencia, bien poco lo puede disimular. Se vuelve un tormento, pues una piedra, sin pedir permiso, está usurpando un espacio que no le pertenece, y que, por derecho propio, es propiedad de otro inquilino: el pie. Por lo que, piedra y pie no  pueden coexistir en un mismo espacio.

La piedra, comparada con el pie, es muchas veces más pequeña, pero desde su insignificancia, se jacta de punzantes cosas. El pie, muchas veces más grande que la piedra, es lacerado sin piedad, y puede llegar a ser entumecido. Incluso, en el argot popular se dice que, quien aguanta una piedra en el zapato, puede perfectamente tolerar que su pareja le sea infiel.

Si extrapolamos el hecho de tener una piedra en el zapato, al contexto patria, vamos a discurrir entre posponer la solución de un problema o resolverlo lo antes posible, pues, a fin de cuentas, esto es lo que determinará la manera en que como nación caminemos hacia el futuro, ya sea hacia una democracia participativa, o hacia la longevidad de una tiranía caducada.

La piedra, por ser un cuerpo sin vida, no piensa, ni razona, y se caracteriza por su elevada durabilidad y consistencia. En tal sentido, con una piedra no se puede negociar o dialogar. Esto sin contar que es insensible al dolor y al malestar que ocasiona a ajenos. El que tiene cabeza para pensar, que piense.

Hablando ya sin parábolas, el sistema político cubano es lo más parecido a una piedra en el zapato que yo conozco. Déjenme explicarles por qué: durabilidad demostrada (más de 57 años), produce incomodidad (todos se quejan tras bambalinas), impide caminar con comodidad (bienestar pospuesto), insensible por la infelicidad que genera (se aferra sin medir consecuencias), usurpador de espacios de libertades y derechos (quien no es conmigo, es contra mí), calamidad a prueba de disimulo (cada vez más notan la debacle que se avecina), es pequeño (solo unas pocas familias mandan y ordenan), entumece (por medio de un discurso amenazante y triunfalista), generan un conflicto de espacio (omnipresencia existencial), etc…

Es hora de que Cuba diga basta, y eche a andar, pero no sin antes habiéndose despojado para siempre, de ese obstáculo lítico que le impide ir por nuevos derroteros. Aun y cuando hoy tenemos los pies llenos de llagas y pústulas, huellas de una piedra incorregible que ha lacerado destinos, confío en que todos los cubanos de buena voluntad, nos pongamos de acuerdo para unánimes y libres, ponernos un calzado cómodo, que nos ayude a no tropezar de nuevo con la misma piedra.

 

 

 

 

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Carlos Raul Macias

Carlos Raul Macias

Nací el 19 de diciembre de 1971. Me gradué como doctor en medicina en 1996 y de especialista en primer grado en Medicina General Integral en 2002. Cursé estudios en el Seminario Teológico Metodista, donde me licencié en Sagrada Teología con título de oro en 2014. Soy miembro del Movimiento Somos Más. Actualmente estoy trabajando en la propuesta cívica independiente Por Otro 18. Me desempeño como pastor de una iglesia en Jagüey Grande, provincia de Matanzas. Escribo para diferentes medios independientes, con el propósito de reflejar la realidad de mi país, y hacer propuestas objetivas.
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